Nuestra identidad, es quienes somos, como nos vemos. En un mundo que se mueve rápido y en una sociedad de consumo, podemos esperar que nuestra identidad también lo sea, consumista y espontanea.
La mercancía pretende satisfacer las necesidades de los consumidores, además de sensibilizar nuestros sentidos, altera nuestras condiciones de la necesidad de tenerlo, esa mercancía deja de ser solo un objeto, a pasar a ser algo más. La obsesión con la mercancía en compañía de la publicidad, hace una personificación a los objetos, personifica la exclusividad, el tener un libro, un vinilo significa ser parte de algo, exclusivos. La perdida de lo social y el auge de lo individual, se dejan de construir identidades desde lo comunitario, para, en su lugar, adquirir una identidad, mediante internet, su artista favorito, el consumo. El hecho de hacer a nuestra persona "especial y exclusiva", como el nuevo producto en el mercado que ahora esta de moda y no lo estará más en un par de meses, refuerza el sentido de vida no duradero y reemplazable.
En una sociedad de consumo, que nos lleva a experiencias esporádicas y temporales, hace que nuestras identidades basadas en eso, no terminen de integrarse completamente en nuestra vida, por lo cual, se vuelven desechables y fáciles de reemplazar.